Este VI domingo del tiempo ordinario nos encontramos con Jesús que, acompañado de los doce, baja del monte y va al encuentro de la gente.
Tres grupos identificados claramente: los apóstoles, los discípulos y la muchedumbre. Bajar del monte puede tener muchas interpretaciones, pero la que prefiero es aquella que nos explica que lo alto del monte es el lugar de Dios, lugar de su presencia, de su manifestación. Que en el Monte Jesús ora, se encuentra con su Padre y desde allí se toman muchas decisiones, como la escogencia de los mismos apóstoles.
El texto nos muestra que Jesús, habló esto con sus apóstoles en lo alto del monte y seguro allí los instruía en la intimidad del grupo, allí les presentaba su proyecto y acompañado por el Padre Dios les hacía entender muchas cosas de su misión.
Y bajan, llenos de la sabiduría de Dios, para enseñar a los suyos y a la multitud cuál es el proyecto de vida, el núcleo de su enseñanza. Jesús les da y nos da a conocer la manera real de ser discípulo y cómo debemos vivir nuestra vida como creyentes. Las Bienaventuranzas son maneras de cómo nosotros debemos ir viviendo en la cotidianidad y de forma especial cuando somos perseguidos, acusados, atacados; cuando pasamos necesidades materiales y cuando sufrimos. Nunca podemos olvidar que en cualquier lugar o circunstancia nosotros ante todo debemos ser santos como el Padre Celestial, perfectos como lo es Dios.
Lo nuestro es ser compasivos y misericordiosos
Ser buenos, es decir, amantes de toda la humanidad y nuestro tesón y santidad se refleja de manera especial en los momentos difíciles de la vida.
Hombres y mujeres de Dios, siempre abiertos a su bondad y amor. Hombres y mujeres viviendo con la certeza de ser amados que día a día aprendemos a esperar de Dios porque Él es nuestra riqueza. Siempre abiertos al amor y a la misericordia, cuidando de mantener el corazón limpio para así ver las obras de Dios. Hombres y mujeres agradecidos por cada una de las oportunidades que tenemos para trabajar por la paz, por alcanzar a vivir la justicia y sobre todo procurando en todo ser misericordiosos.
No podemos olvidar que lo nuestro es la eternidad, que debemos esperar de Dios y no de las personas porque ellas nos atarían en la capacidad de hacer el bien. Lo nuestro es el Reino que se alcanza y que se vive. Somos señores del universo y siempre debemos vivir así. Que nada nos arrebate la paz que Dios da a los que le aman.
Las cosas de la tierra no pueden impedir que volemos a lo alto, los consuelos, las alegrías y la abundancia con las que vivamos no pueden hacernos olvidar la misión que tenemos de predicar con la vida el reino. Sigamos esperando de Dios, sigamos dando lo mejor de cada uno, trabajemos por los demás siendo generosos y acogedores. Lo nuestro será siempre el amor y la eternidad.
Con mi bendición:
P. Jaime Alberto Palacio González, ocd.
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Fuente: P. Jaime Palacio
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